Pintado con luz.

11 11 2011

Era la segunda o tercera noche que pasaba sin ella. Estaba tranquilo.

—No hay gritos.

Ni risas, caricias, besos o suspiros, idiota. Estaba herido, dolido. Estaba solo.

—La extraño.

Daniel había visto amanecer el lunes, por el caótico ruido de los carros, había visto atardecer y se durmió llorando. El martes fue más sensato y no se molestó en levantarse. Era miércoles cuando ella llamó.

Esperó a que sonara 5 veces, porque ella no aguardaba más de 6 bips para colgar.

—¿Aló?

—¿Cómo la pasas sin mí?

—Igual que tú sin mí.

Julia no respondió, suspiro pesadamente. En cualquier momento estallaría en llanto.

Daniel sonrió en la oscuridad mientras algo pesado produjo una lágrima, no supo de dónde, no quiso averiguar de dónde. Una lágrima huérfana. Estaba helada, le congeló el rostro.

—¿Has notado que  a veces  te miro como si te quisiera?

Sonrió de nuevo sintiendo que el peso se marchaba, su pecho se abrió en un profundo suspiro, el calor ascendió desde algún lugar  y calentó sus manos.

—Sí.

—Pues  otras veces no te quiero mirar.

Parpadeo con rapidez y cerró los ojos antes de que otra lágrima abandonara su ojo izquierdo.

—Y pienso en que no entiendo por qué tener fe en mí.

Guardo silencio tanto tiempo que Daniel dejó que el teléfono se deslizara por la almohada.

Quizá sea ella la que no se tiene fe. Se lo repitió mentalmente. Esta nena está jodida.  Jodidísima. Y mientras,  siento que las paredes se derriten y me caen en la cara, una masa hirviendo.

Cerró los ojos hasta que le dolieron. Quería ignorar el hecho de que ella fuera tan complicada.  Un leve murmullo lo sacó de su meditación, miró el teléfono como algún objeto extraño y quiso que ella dejara de hablar, que se callara para besarla. Un balbuceo y ya. Eso era ella.

 

Agarró el teléfono deforme, casi tan derretido como su ánimo. ­

—…quiero que alguien me abrace mientras lloro. Y que me diga “Cálmate, mi amor” o alguna de esas cursilerías…  y que me acaricie el pelo, que me diga alguna mentira hermosa que suene real. Creer que todo puede mejorar…— Espero nuevamente segundos infinitos antes de volver a hablar—  yo quiero muchas cosas, ¿no?

Se escuchaba el eco de sus lágrimas caer solitarias en su escote. Lloraba sonriendo y él podía escucharla.

—Todos lo hacemos. Pero siempre habrá alguien que intentará dártelas.

—¿Y quién? ¿ah? ¿Tú?

—¿Tú qué crees?

—Se me olvido creer, Daniel…  Creer es un acto de fe.

—Te lo afirmaré entonces, sí. Yo lo haría.

—¿Sí? ¿Esa maricada?

— Sí. Esa maricada. Es en serio.

—¿Y me regalarías flores?

— Sí. Lo haré.

Sus constantes y fastidiosas preguntas le sonsacaron una sonrisa, de las genuinas, tan raras como las personas con 6 dedos.

—¿Y te enamorarías de mi?— Está vez él guardo silencio. Dudó en qué consistía el hecho de hallarse enamorado. Pero lo quería todo con ella, las peleas, las violentas reconciliaciones, las escasas conversaciones, sus estúpidas discusiones, y las diversiones… Cuándo se reían y se gritaban. Su meditación duró varios minutos.

—¿Daniel?  ¿Me enamorarías de ti?

¡Sí! Un sí rotundo, un sí gritado y susurrado. La amaba y la necesitaba.

—Una y otra vez.

Manejó el tono con cautela. Ni ausente ni presente, si no ahí. Recostado sobre la barriga, mirando una Polaroid que le había sacado el primer día que la vio, mientras todo a su alrededor se consumía despacio pero a una velocidad alarmante. Como una película de suspenso. Daba miedo.

Cerró los ojos y ahuyentó el calor, las llamas, su piel quemada.

—Lo haré.

Repitió que sí, más para él mismo que para ella.

—¿Seguro?

—Sí. Seguro.

Escuchó la sonrisa a través del teléfono y la besó.

Octavio Salazar

El cuarto, las lágrimas, las sonrisas, la Polaroid, el teléfono junto con su voz se deshizo tras el incendio. A Julia se le antojó que el recuerdo fuera un sueño. Navegaba entre ambos conceptos y muy a su pesar, con lo años, lo olvidó.

Quiso que fuera un sueño, pero de vez en vez sentía sus palabras resbalarle por el cuerpo. Quemarle el rastro.

Daniela Salazar.





Crónica de una venganza.

16 08 2011

Amanecía y la luz apenas se colaba por la traslucida cortina, pero era evidente que le molestaba, apretó los ojos y frunció el ceño, estaba agotada, no había dormido más que un par de horas aunque tampoco le apetecía quedarse más tiempo allí tendida, inerte.
Estiro los brazos con pereza hasta que toco el techo con las puntas de sus dedos. Esa sensación de sentirse gigante le hizo esbozar una sonrisa. Abrió los ojos finalmente y se incorporó. Bostezó y se estregó los ojos con las manos. Todo estaba igual desde hacía varios días, tenía millones de cajas por todo el lugar, y no es que esperara encontrar algo nuevo fuera de ellas, solo quería cerciorarse de que estaba lista.
Se quitó las cobijas de encima y finalmente se levantó desperezando todo su cuerpo con una contorsión felina incómoda a la vista. Leer el resto de esta entrada »





El clic estaba hecho.

3 07 2011

(Desconociendo a un conocido)
(Lista indispensable de 15 cosas)

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Una noche cualquiera.

3 05 2011

Tenía la respiración agitada cuando se despertó, unos segundos más tarde, esos que tardó en sentir todo su cuerpo inmovilizado, se dio cuenta que todo se había venido abajo sobre él, afuera llovía. Se removió tratando de liberar algún miembro, pero le fue imposible… su respiración volvía a acelerarse mientras se daba cuenta de que moriría allí.

El aire era irrespirable, estaba tan denso que se le atascaba en algún lugar del cuello y salía rápidamente para dejarlo aún más agitado.

Se escabulló hasta el borde de la cama, como pudo, sin creerlo… ¡Estaba afuera! Escaló por la mesa de noche. Era diminuto, otra vez le estaba pasando, como cada noche. Trepó el armario, tenía que ver cómo salir de ahí, pedir ayuda, volver a ser grande, ¿cómo iba a ir a trabajar a las 8? ¿Cómo iba a prepararse su café? La angustia se diluyo en una gota de sudor cuándo vio una polilla volar y aterrizar a su lado ¿acaso había enloquecido? Se le antojo demasiado grande a su lado. Era como una avioneta de las pequeñas… ¡Iba a devorarlo! Postulio corrió profiriendo gritos que hubieran despertado a su madre en la otra habitación, pero todo en él era insignificante. Vio desde el armario toda la habitación. Cuánto desorden. Toda su ropa tirada por allí.

Un maullido lo alertó. ¿Maullido? Se sintió extraño. No recordaba ningún gato. Su atención se desvió hacia la polilla que iba acercándose despacio, como inadvertidamente, pero él podía verla… el aire volvió a ponerse denso y un temblor extraño le recorrió el cuerpesito.

De pronto, la puerta se abrió en un chirrido que le caló los tímpanos, quizá su madre sí lo escuchó. La polilla voló lejos atraída por la luz y él, más tranquilo, resopló volteando a ver hacia la puerta.

El cuerpo volvió a tensarse y su cara se descompuso en una mueca horrenda. Sí, definitivamente, había enloquecido. Un Postulio, tamaño natural estaba entrando a su habitación. ¡Cómo demonios! Se rehusó a creerlo. Le gritó desafiante ¡¿Quién es usted?! Pero nada más que un bostezo llegó del otro lado de la habitación. ¡Impostor!

Alienígenas, brujas, magos, excusas impensables, Pustulio no iba a ceder su vida tan fácil, además Muñequito estaba muy mal hecho, tenía el culo muy grande y las manos muy chiquitas. Volvió a intranquilizársele la respiración, estaba viviendo una pesadilla, pero estaba despierto, lo sabía, lo sentía.

Un chirrido más le destempló los dientes. Esperó sosteniendo la respiración.

Fue como una aparición. Único. Con curvas perfectas y felinos movimientos. Ojos grandes y… ¿amarillos? Flexionó las piernas lo más que pudo y saltó con los ojos cerrados.

Calló sobre un peludo lomo.

Se perdió en los infinitos y castaños pelos de la gatita que entró por la puerta.

Sólo ahí, en ese momento de dicha, Pustulio comprendió que era Juan, una Pulga cualquiera.

Daniela Salazar.





Verde Musgo

16 02 2011

El día transcurría tal y como siempre, puertas para afuera.

Adentro el aire que se respiraba era mucho más ligero. Ni la brisa o la luz lograban dispersar la calma que podía verse y sentirse, la misma que durmió acomodada entre el mínimo espacio que quedaba de sus cuerpos estrechados uno contra el otro. Ahí seguía siendo sábado y seguían siendo las 4. Marcel seguía vivo, acariciándole el cabello y ella, por supuesto, se recostaba contra él para disfrutar el olor que desprendía de su cuerpo luego de que se amaban.

Ahora Marcel estaba quieto y helado, casi completamente rígido. Ella lo mantenía cerca, aferrándose bajo ese peso muerto que amenazaba con aplastarle lento la respiración.

El rojo oscurecido, casi café, de la sangre seca decoraba las paredes que habían estado pintando toda la tarde tan arduamente. Y aún resaltaba aquella última pincelada que había dado antes de que él la empujara sobre la cama y la desnudara. El ‘verdemusgo/rojosangreseca’ iba mejor con sus ojos que ese pálido amarillo que él había escogido.

Luego de venirse un par de veces entre las sábanas que, presumía ella, estaban recién puestas, se levantó para terminar de pintar, aún desnuda, aún con frío, aún ella y no la otra que vino a ser cuando Marcel quiso pintoretear su ‘verdemusgo’ con ese inmundo ‘amarillopaticoahogado’ que decía encantarle.

Lo amenazó varias veces con pintar su nariz si seguía insistiendo, a la octava vez, porque el ocho era un número de fatalidad, empuñó el pincel como una navaja y se lo clavó en el ojo. Los gritos desarmonizaron con el verde de la pared por lo que, con una engorrosa dificultad, cercenó su lengua y ocho de los diez dedos de sus manos.

Estaba feliz y en armonía como hacia meses no lo estaba. Él era el Marcel que ella quería, callado, quieto, con ese guiño de ojos seductor. Atemorizado.

Le dio un beso que le supo a sangre y espero a él dejara de temblar. Una oleada de calor lo recorrió antes de quedarse quieto por completo.

Sí, el viejo Marcel.

Callado, quieto, comprensivo.

Muerto.

Pasó las horas siguientes hablándole sobre el trabajo, sobre el feng shui y de la armonía.

Que el verde musgo nos viene bien, a todas las parejas como nosotros. Se quedó callada y espero el reproche, la pregunta, la desaprobación. ¡Qué tipo de parejas somos! Pero Marcel estaba callado, recostado sobre ella, escuchándola.               Como antes.

Daniela Salazar.





Invisible.

24 01 2011

 

¾ ¿Invisible?

¾ Sí, ¿o usted lo ve?

¾ No sea ridículo… no existe.

Escéptica, empezó a mirar por encima de su hombro, para ambos lados en cuanto CM abandonó la habitación. ¿Y si era verdad? MS se estremeció al pensar que quizá estuviera allí mismo, sentado a su lado, viéndola, respirando cerca de ella… estiró una mano y palpó el aire.

¾ Acá no hay nada.

Su voz sonaba gélida, metálica. Estaba aterrada y en poco la respiración se le hizo un manojo de nervios. El tic tac de su corazón se arrebató, debía dar pequeños y rápidos suspiros para tratar de calmarlo. Que acá no hay nada, se decía ahogada, con golpecitos en el pecho que, creía ella, la estaban ayudando.

Le empezó la tembladera y sabía que si permanecía ahí sola terminaría llorando en algún rincón.

¾ ¡Vuelve!

El grito retumbo en las paredes, atravesó los cristales pero MS no entendía porque no habían penetrado los oídos de CM.

Se levantó y miró el sillón con repudio. Ella dudaba de si él estaba ahí o no. Volvió a tocar el espacio vacío, esparció miradas contemplativas por la pequeña estancia que a medida que la noche avanzaba era más y más grande.

Caminó por la habitación, de esquina a esquina. Estaban jugando al escondite. Llevaba horas buscándolo, o quizás años. Recordó que mientras más buscas algo, más se esconde de ti.

Se quedó quieta, parada al lado del halo de luz dibujado por la resplandeciente luna llena.

¾ ¡No podemos estar juntos en una misma habitación!

Y, evidentemente, él no le respondió. Volvió a sentarse, con lagrimones agarrados a los ojos, que le quemaban como el agua salada. La brisa le golpeaba la cara, tratando de hacerla reaccionar.

No iba a darse por vencida, jamás lo había hecho y era tan obstinada que se juró, esa noche de noviembre, que no empezaría ahora.

Cerró las ventanas y las cortinas y se alumbró con una linterna de pilas doble A.

Si no podía verlo tampoco iba a escapar de ella, al menos no por la puerta ni las ventanas.

CM estaba sentado en el suelo, afuera, junto a la puerta que MS se esforzaba por mantener cerrada. Agotado de golpear se sentó en el suelo y empezó a cantar.

¾ Sí dejas que entre prometo no dejarlo salir.

¾ No me hagas promesas.

La habitación permaneció en silencio, tanto que CM empezó a dormirse, arrullado por sus propias canciones Indie. ‘Cause she isn’t there to hold your hand, she won’t be waiting for you when you land…

¾ ¡LO ATRAPÉ!

CM Se estremeció y se golpeó la cabeza contra el piso. Se levantó tan pronto escuchó la puerta abrirse, se precipitó adentro como si su vida, o la de ella, dependieran de cuán dramática fuera su entrada. MS mantenía las manos encocadas, sosteniendo algo, tan fuerte como para que no escapara, pero dejando que un poco de aire entrara cada tanto mientras miraba dentro.

¾ Aquí está.

¾ No puede ser. Es mucho más grande.

Miro desilusionada la palma de su mano y dejó que una pequeña polilla volara lejos de ellos.

Se lanzó a los brazos de CM y le dijo que se daba por vencida, que no lo encontraría nunca, ni allí ni en ningún lado, que quería vivir tal como vivía antes de que le hablaran de él.

¾ El amor no existe, CM. No está.

¾ Siempre ha estado aquí…

Suspiró haciendo una pausa que logró desesperarla. Lo estrujó mirándolo a los ojos.

¾ ¿Dónde está?

¾ Rodeándonos. Es tan grande que no puedes verlo, pero de seguro puedes sentirlo.

MS no entendía de qué carajos estaba hablando. Pero sus ojos le reflejaron esa misma seguridad que veía cuándo él decía que la quería. Le creyó.

El amor estaba ahí mismo, invisible pero presente. Lo había encontrado y no estaba tan asustada como creía que debía estarlo.

Se abrazó a CM; Algunos minutos después el amanecer caló las ventanas de la casa.

Daniela Salazar





Dejo de sensatez.

17 01 2011

(A él, únicamente)

Deje de verte pocos días antes de perder la cordura.

La he recuperado de a poco y a medias pero he sabido cómo volver a vivir sin verte ni oírte, he sabido volver sentir aunque no sea ni parecido a lo que era. Porque supe quererte bien.
Únicamente a ti. Supe quererte tardes interminables, surcando con los dedos los secretos de tus arrugas. Te quise en las mañanas y cuando contabas historias sin final para acunar de noche fantasías que ahora son todo mi mundo.
Y eras el dueño de mis sonrisas inocentes y de mis más vivaces pensamientos. Diste pie a esa temprana locura que se niega a extinguirse al igual que el resto de tu recuerdo.
Vives cada día y mueres de nuevo. Vives dentro porque afuera ya no existes.

Deje de verte pocos días antes de perderme completamente dentro de mí misma.
Y desde entonces ya no soy yo misma pero sigo perdida. Desde que dejé de verte no te he vuelto a ver.

Daniela Salzar.





Oda a las lágrimas.

13 12 2010

A Alejandro Ordoñez.

Se mantenía erguida porque le gustaba que las lágrimas heladas le bajaran por el rostro y se suicidaran en un último gimoteo al caer por su barbilla.
La noche: helada, el cielo: azul oscuro casi negro que le encantaba, y los luceros. Porque en su cielo siempre eran un millón y uno y todos tenían nombre. Se pasó la lengua por los labios chiquitos que le sabían dulcecito. Las lágrimas amargas habían anochecido y las pestañas se le llenaban de azúcar cada vez que parpadeaba.

Estaba feliz.

Fin.

Daniela Salazar.





Frasquitos de suspiros

12 12 2010

—O yo estoy muy pero muy voluble o definitivamente aquí pasa algo.
En su cabeza la misma voz diciéndole: ”Es usted, pendeja. Siempre es usted” Su conciencia y su razón le jugaban sucio, y la mayoría del tiempo andaban ausentes, como caminando en algún lado cerca de ella pero escuchando The Libertines a todo lo que les da el botoncito de volumen que de vez en vez le da por fallar. Leer el resto de esta entrada »





Por amor

20 10 2010

Don Polidoro Ardila Rivera es un hombre de 78 años, vive en Barrancabermeja es un sector acomodado pero discreto, goza de una excelente salud, tiene un trabajo estable en la Aerolínea Aces, desde hace 32 años. Una mujer maravillosa, comprensiva, delicada y, dice él, igual de hermosa como cuando la conoció, hace 53 años.  Sus hijos viven en la capital y tienen sus propias esposas e hijos. Polidoro trabaja 8 horas al día como administrador en una de las oficinas de la aerolínea en el centro de la ciudad. Leer el resto de esta entrada »








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