Era la segunda o tercera noche que pasaba sin ella. Estaba tranquilo.
—No hay gritos.
Ni risas, caricias, besos o suspiros, idiota. Estaba herido, dolido. Estaba solo.
—La extraño.
Daniel había visto amanecer el lunes, por el caótico ruido de los carros, había visto atardecer y se durmió llorando. El martes fue más sensato y no se molestó en levantarse. Era miércoles cuando ella llamó.
Esperó a que sonara 5 veces, porque ella no aguardaba más de 6 bips para colgar.
—¿Aló?
—¿Cómo la pasas sin mí?
—Igual que tú sin mí.
Julia no respondió, suspiro pesadamente. En cualquier momento estallaría en llanto.
Daniel sonrió en la oscuridad mientras algo pesado produjo una lágrima, no supo de dónde, no quiso averiguar de dónde. Una lágrima huérfana. Estaba helada, le congeló el rostro.
—¿Has notado que a veces te miro como si te quisiera?
Sonrió de nuevo sintiendo que el peso se marchaba, su pecho se abrió en un profundo suspiro, el calor ascendió desde algún lugar y calentó sus manos.
—Sí.
—Pues otras veces no te quiero mirar.
Parpadeo con rapidez y cerró los ojos antes de que otra lágrima abandonara su ojo izquierdo.
—Y pienso en que no entiendo por qué tener fe en mí.
Guardo silencio tanto tiempo que Daniel dejó que el teléfono se deslizara por la almohada.
Quizá sea ella la que no se tiene fe. Se lo repitió mentalmente. Esta nena está jodida. Jodidísima. Y mientras, siento que las paredes se derriten y me caen en la cara, una masa hirviendo.
Cerró los ojos hasta que le dolieron. Quería ignorar el hecho de que ella fuera tan complicada. Un leve murmullo lo sacó de su meditación, miró el teléfono como algún objeto extraño y quiso que ella dejara de hablar, que se callara para besarla. Un balbuceo y ya. Eso era ella.
Agarró el teléfono deforme, casi tan derretido como su ánimo.
—…quiero que alguien me abrace mientras lloro. Y que me diga “Cálmate, mi amor” o alguna de esas cursilerías… y que me acaricie el pelo, que me diga alguna mentira hermosa que suene real. Creer que todo puede mejorar…— Espero nuevamente segundos infinitos antes de volver a hablar— yo quiero muchas cosas, ¿no?
Se escuchaba el eco de sus lágrimas caer solitarias en su escote. Lloraba sonriendo y él podía escucharla.
—Todos lo hacemos. Pero siempre habrá alguien que intentará dártelas.
—¿Y quién? ¿ah? ¿Tú?
—¿Tú qué crees?
—Se me olvido creer, Daniel… Creer es un acto de fe.
—Te lo afirmaré entonces, sí. Yo lo haría.
—¿Sí? ¿Esa maricada?
— Sí. Esa maricada. Es en serio.
—¿Y me regalarías flores?
— Sí. Lo haré.
Sus constantes y fastidiosas preguntas le sonsacaron una sonrisa, de las genuinas, tan raras como las personas con 6 dedos.
—¿Y te enamorarías de mi?— Está vez él guardo silencio. Dudó en qué consistía el hecho de hallarse enamorado. Pero lo quería todo con ella, las peleas, las violentas reconciliaciones, las escasas conversaciones, sus estúpidas discusiones, y las diversiones… Cuándo se reían y se gritaban. Su meditación duró varios minutos.
—¿Daniel? ¿Me enamorarías de ti?
¡Sí! Un sí rotundo, un sí gritado y susurrado. La amaba y la necesitaba.
—Una y otra vez.
Manejó el tono con cautela. Ni ausente ni presente, si no ahí. Recostado sobre la barriga, mirando una Polaroid que le había sacado el primer día que la vio, mientras todo a su alrededor se consumía despacio pero a una velocidad alarmante. Como una película de suspenso. Daba miedo.
Cerró los ojos y ahuyentó el calor, las llamas, su piel quemada.
—Lo haré.
Repitió que sí, más para él mismo que para ella.
—¿Seguro?
—Sí. Seguro.
Escuchó la sonrisa a través del teléfono y la besó.
El cuarto, las lágrimas, las sonrisas, la Polaroid, el teléfono junto con su voz se deshizo tras el incendio. A Julia se le antojó que el recuerdo fuera un sueño. Navegaba entre ambos conceptos y muy a su pesar, con lo años, lo olvidó.
Quiso que fuera un sueño, pero de vez en vez sentía sus palabras resbalarle por el cuerpo. Quemarle el rastro.
Daniela Salazar.






