Crónica de una venganza.

16 08 2011

Amanecía y la luz apenas se colaba por la traslucida cortina, pero era evidente que le molestaba, apretó los ojos y frunció el ceño, estaba agotada, no había dormido más que un par de horas aunque tampoco le apetecía quedarse más tiempo allí tendida, inerte.
Estiro los brazos con pereza hasta que toco el techo con las puntas de sus dedos. Esa sensación de sentirse gigante le hizo esbozar una sonrisa. Abrió los ojos finalmente y se incorporó. Bostezó y se estregó los ojos con las manos. Todo estaba igual desde hacía varios días, tenía millones de cajas por todo el lugar, y no es que esperara encontrar algo nuevo fuera de ellas, solo quería cerciorarse de que estaba lista.
Se quitó las cobijas de encima y finalmente se levantó desperezando todo su cuerpo con una contorsión felina incómoda a la vista.Pronto escuchó un golpeteo que venía desde fuera de la casa, miro hacia la puerta aun sin moverse, el golpe esta vez fue seco y seguro.  Alguien tocaba.
Recordó que había quedado con alguien esa mañana y se sintió algo avergonzada de no haberse arreglado. Pero quién tocaba la puerta no se molestaría. Si pudiera también hubiera llegado en pijama. Al terminar esa retahíla mental ya estaba frente a la puerta, se encontró con ese rostro familiar de ojos cafés enormes y encendidos.

La sonrisa no se hizo esperar, no quería ocultarla. La abrazó por la cintura y apoyó su cabeza sobre aquel perfumado hombro de piel desnuda, ella por su parte reposó su rostro en su cabello y suspiró en silencio. Un par de segundos después se separaron, casi reconociéndose porque había pasado tanto tiempo desde que habían estado juntas por última vez. María corría el riesgo de asegurar que habían tomado caminos diferentes. Pero a la larga sabía que caminaba detrás de ella, a una distancia prudente, para no incomodar. Estaban en el mismo lugar pero en diferentes tiempos. Sofía  estaba igual, delgada, alta, sonriente, son esa picardía tan característica en su mirada.
María tampoco había cambiado del todo, si no que se sentía diferente con ella misma, sobre todo estando cerca de Sofía, que notó como le sostenía la mirada con impertinencia. Como esperando otro abrazo o peor… Pero aun así, le devolvió la sonrisa y le beso en la mejilla antes de entrar, con incomodidad y todo.

Caminaron en silencio mientras María se encargaba de señalar inusuales detalles de su casa. Referencias inútiles de los muebles, hasta el precio de la pintura que cubría las paredes. Estaba como atontada, nerviosa. A lo sumo se apresuró a disculparse por estar en pijama.
Sofía frunció el ceño y se apuró a empezar una charlita corta. Traer a colación el hecho de que pronto iba a casarse y luego marcharse. Con esa mirada de perra consagrada en su cara. Era todo lo que quería hacer. Hablarle sobre él y mencionar, por si acaso no era muy obvio lo mucho que lo amaba y lo bien que lo hacían.  Decirle, como no estaba demás, que estaba “invitadísima” pero que no pudo hacer llegar la invitación antes.
Había estado ignorando sus repetitivos adjetivos, hasta que ella alabó su ropa y lo hermosa que se veía, lo bien que le quedaba el cabello largo, lo bonitos que estaban sus labios… Se detuvo en seco. La invito a sentarse en la pequeña salita.
Ninguna de las dos pudo ignorar la fotografía en el centro de aquella habitación. Y entonces ella reaccionó a los esfuerzos de María. Le tocó con mesura la rodilla para que se callara, y detenida observó la fotografía.

Eran ellas años atrás. La voz fastidiosa y constante hizo falta. Había demasiado espacio que llenar en esa habitación. La agarró con sus manos y suspiró de nuevo.

Habían sido viejas amantes, ahora las mejores amigas.

Sí, si lo eran, nadie dudaba de ello, excepto ellas mismas.
María había hecho un esfuerzo enorme pero, por favor, ella no podía soltar el recuerdo, no la quería dejar ir. Por eso le había insistido en seguir en contacto. Había resuelto ser su paño de lágrimas para no acabar totalmente desahuciada de su vida.
Había aguantado sus romances de una noche con chicas de reputación bastante dudosa, había sido cómplice en esas descaradas escapadas de su casa para verse con otras y, años más tarde, con otros. Lo que le había dolido más. Había hecho de tripas corazón para encarar a su madre, a la de Sofía, y negarle, por supuesto, que ella era lesbiana. Aun cuando se moría de ganas por volver a colarse entre sus sabanas. Y, como si eso fuera poco, había aguantado ser su escape fácil para una mala racha de cama. Fue su consorte, era la mejor parte, pasar esas noches deliciosas anhelando tener más y más. Creer de nuevo en ella y en ambas. Despertarse a su lado y verla dormir. Sorprenderla con una llamada, un mensaje, alguna carta y luego sorprenderse con su rechazo. Las mismas palabras que usó la primera vez. Apreciaba demasiado su amistad como para hacerle eso otra vez, ahora somos mejores amigas.
Tuvo demasiadas sonrisas falsas y un par de internaciones en hospitales. De las cuales, claro, ella nunca había ido. María se obligaba a respirar. Sofía salía del paso con alguna excusa que ella no le creía, pero qué más daba. Un par de meses, con suerte sólo serían semanas, ella terminaba en el mismo lugar. En su cama, entre sus piernas. Las últimas veces no se molestó en pedirle explicación. Quiso creer que, como ella, era una noche con cualquiera. Pero en el fondo seguía, imaginariamente, llamándola y enviándole cartas.

Sofía parpadeó rápidamente para diluir las lágrimas, María le arrebató la fotografía de las manos, que son lindos recuerdos los que tengo de ti, le dijo mientras ponía la foto otra vez en su lugar.
—Mentirosa.
Su voz la sorprendió, no la había escuchado en mucho tiempo. Abrazó el aire que exhalaba de su boca aunque sus palabras ya estuvieran pateando su hígado.
—¿Qué?
—Tú me odias. Te lastimé demasiado. Sólo jugué contigo.
Sí, ella lo sabía, idiota, no tienes por qué decírselo. Ella lo sabe, pero por alguna razón psiquiátrica no puede odiarte. Sólo puede odiarse a sí misma por no ser el prometido, ni haber sido todas con las que se revolcó, ni con los otros tantos que le presentó a sus padres.
—Yo no te odio.
—Es porque eres una tonta.
María se harto. Se abalanzó sobre ella como una psicópata furiosa, lo último que Sofía vio fue unos ojos bien abiertos e inyectados en sangre, con furia palpable. Tuvo miedo. Sus piernas se paralizaron y se dejó empujar.
Lo siguiente fue confuso para ambas. Estaban besándose. Como si fuera la primera vez, con detalle y timidez, alejándose y buscándose. Con decoro, con pudor. Pronto sintió como sus pezones se endurecían bajo su blusa y como su anillo de compromiso rogaba por rozar su cuerpo con quietud. María tenía los ojos abiertos cuando Sofía se alejó para respirar.
—Aún me amas.
—Igual que tú a mí, estúpida.
María se levantó furiosa del piso. Eso no debió pasar, Ella debió rechazarla y alardear de su matrimonio, apuntar que ella era su mejor amiga, con ese tono tan acertado, decirle que tuvo sus épocas de curiosidad pero que ya no le resultaban atractivas las tetas.
Ambas estaban furiosas, pero por razones bastante diferentes.
Sofía seguía tendida en el suelo esperando a que ella regresara. No quería engañarse más, sólo había venido para tener una razón y cancelar ese circo. Quería que ella volviera y la besara, la desnudara y le hiciera el amor. Porque le seguían resultando bastante atractivas las tetas, pero sólo las de ella.

Comenzó a llorar.
María regresó desnuda. Le tendió la mano y la llevó hasta su cama. Sofía no había parado de llorar. La abofeteó un par de veces.
—No voy a cabrearme contigo si despierto y ya no estás. Desvístete.
Sofía pegó un grito lastimero y siguió mirándola mientras ella acomodaba la cama y sacaba al gato del cuarto.
—¡Hágale! Desvístase.
María nunca le había hablado así, ahora notó ese cambio repentino que le vio en los ojos, seguía llorando y ahora se limpiaba la cara angustiada. No sabía qué hacer.
—Luego de que te cases no me voy a revolcar contigo.
¡Qué! ¿Ella esperaba que Sofía se casara luego de estar juntas?
—No voy a casarme.
Apenas tartamudeó con la cara llena de máscara corrida.
María se paró enfrente de ella y empezó a desnudarla. Sofía la detuvo y la besó con fuerza. Hizo que la mirara y se retiró el anillo del dedo.

Ahora ambas estaban desnudas, arrodilladas una frente a la otra. El único espectador era el compromiso de Sofía. Ese, y por qué no, las cajas de María, esas que Sofía aún no había notado.
Fue cómo esa primera vez de amor hormonal. Fue algo desesperado y algo torpe.
Ambas saborearon cosas diferentes. Sofía sintió el amor escondido que había dejado atrás, atado con una cuerda, pero atrás. Se sitió cautiva de algo más grande que ella otra vez y hastiada de tanta maravilla cayó rendida al lado de su amante y la besó despacio. María tenía la misma mirada de antes. Con esa inusual locura, de respiración agitada y labios enrojecidos. La acunó contra su cuerpo y le pidió que durmiera. Habían sido horas de haber estado amándose. El cielo era color 3 de la tarde, pero Sofía se apretó más contra ella y se durmió. Estaba agotada. Sólo con María tenía esas exhaustivas jornadas de sexo continuo. Había hecho el amor con una mujer, la mujer que era el amor de su vida. Esa persona que siempre se mantuvo a su lado, como su hermana.

 

Despertó cuando su teléfono celular sonó entre su chaqueta. Abrió los ojos perezosa y estiró su brazo para tocar a María. La cama estaba vacía. Sonrió al recordar todos los sueños que tuvo con ella y el decepcionante despertar. Se incorporó y miró sus manos. El anillo estaba de nuevo en su dedo anular. Extrañada buscó algo familiar de qué apoyarse. Su ropa estaba perfectamente doblada junto a su almohada. Sacó su teléfono y vio, asqueada, como su prometido había terminado con ella por mensaje de texto. Oh, que sutil. Siguió leyendo. Perra, sucia, lesbiana, eres una abominación. Parpadeó repetidas veces. ¿Qué?
El fondo de su celular era un colorido collage de fotografías de ella con María.
Dejó caer el teléfono sobre la almohada y empezó a vestirse. La habitación estaba extrañamente vacía. María se había pasado de lista, pero la perdonaría, había tomado su valor para terminar con esa farsa de relación, todo estaría bien.

El celular volvió a sonar. Otro mensaje. Era su hermana. —Mamá está en el hospital—
Sofía encontró entre los mensajes enviados las fotografías ya mencionadas, adjuntadas a la catastrófica frase de: Soy una mentira y me encantan las tetas.  Mierda, ahora también su madre lo sabía. Se apretó los ojos con las manos. ¡Algo resolverían juntas! Volvió a quitarse el anillo y sonrió estúpida. ¿Dónde estaría María? Bueno, seguramente que con el resto de las cajas.

Junto a su ropa había una carta.

                                    No te cabrees si despiertas y ya no estoy. 

Daniela Salazar.

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