A Alejandro Ordoñez.
Se mantenía erguida porque le gustaba que las lágrimas heladas le bajaran por el rostro y se suicidaran en un último gimoteo al caer por su barbilla.
La noche: helada, el cielo: azul oscuro casi negro que le encantaba, y los luceros. Porque en su cielo siempre eran un millón y uno y todos tenían nombre. Se pasó la lengua por los labios chiquitos que le sabían dulcecito. Las lágrimas amargas habían anochecido y las pestañas se le llenaban de azúcar cada vez que parpadeaba.
Estaba feliz.
Fin.
Daniela Salazar.





